miércoles, julio 11, 2007
martes, julio 10, 2007
La llegada a la residencia
Ahora que estuve en Tableaux 2007, me quedé en una residencia de estudiantes llamada Gazelles. Así que llegando, fui directo a la residencia y busqué la recepción y ahí comenzó el trauma.
Con mi perfecto francés* me acerqué a la ventanilla:
- bon jour
- bon jour
- je suis Rafael Penaloza
- oui, et?
- eeeeeeet je come a Tableaux 2007
- oui, et?
[Tranquilo Rafael, la cabeza fría, el corazón caliente, vas bien]
- eeeet hmmmmm eeeeee parlez vous anglais?
- NON [cara de enojado]
[Ya me cargó el chahuistle, veamos, concéntrate que esto es una prueba, demuestrale que si puedes]
- ok, je reservé une chambre
- ici?
- oui, ici
- qual residénce?
- ici Residence les Gazelles
[Gran colección de frases correctas de él y ruidos sin sentido míos, intentando describir que tenía un correo de los organizadores de Tableaux confirmando mi reservación en la residencia, mostrándole mis papeles en inglés y poniéndome cada vez más nervioso]
[Gran pausa, el monín busca con toda calma y paciencia en cada cajón, mesa y papel, hasta que encuentra la información de que nos tenía que mandar al Pavillion 7]
[Me pide mi pasaporte, se lo doy, me da mi llave y luego me dice en inglés]
- To get your passport back, you need to come tomorrow to pay your fees; don't worry, I will put your passport in here, and they will see it tomorrow morning; it is very safe, will not be lost
[Auténtica muestra de sorpresa en mi cara]
- When do they open?
- At ten [como que reacciona que está hablando inglés, hace una pausa, piensa, se traba, me muestra los diez dedos de la mano y sigue] diz, diz, ten?
- oui, ten. Merci. Oh, et ou is Pavillion 7?
- straight ahead, Pavillion 2, 3, 4, a droit Pavillion 7
- ok, merci
- au revoir
- au revoir
Pues su camino para llegar al mentado Pavillion 7 parecía que me estaba mandando a que me asaltaran. Un hoyo de construcción dividía al Pav. 4 del 7 y había que atravesar toda clase de vigas y cosas similares. Al final, con un poco de fe, llegué a donde debía.
Después, todo fue mucho mejor.
*: Jamás he tomado una lección oficial de francés, así que no sólo mi acento debe ser pésimo, sino que además muy probablemente el texto está mal escrito; lo transcribo tal y como lo recuerdo
Por
Rafael Peñaloza
a las
11:36 a.m.
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viernes, septiembre 15, 2006
Mont St. Michel
Por
Rafael Peñaloza
a las
2:24 p.m.
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lunes, septiembre 04, 2006
Francia
Cuando llegamos a Francia, nuestro viaje dejó de ser de pobres para convertirse en de pobres finos. Para empezar, nos hospedamos en un hotelito (sólo 13 habitaciones) en el centro de París, a solo dos cuadras del Louvre. Esa primera tarde hicimos el obligado recorrido por Tuileries, los Campos Elíseos y la llegada al Arco del Triunfo; después nos dirigimos hacia el este, a ver la Ille de la Cité de noche, y regresamos al hotel a dormir.
El viernes probó nuestra resistencia. Comenzamos caminando por el Sena en dirección a la Torre Eiffel. Cuando llegamos, primero tomamos las clásicas fotos desde Trocadero y nos encaminamos a subir a la cima. Llegamos con perfecto tiempo pues, aunque ya nos tocaron algunas colas, cuando bajamos el piso superior ya estaba cerrado por exceso de afluencia.
La caminata continuó hacia St. German de Pres, luego St. Sulpice, llegando a un pequeño descanso en los Jardines de Luxemburgo. De ahí fuimos al Pantheon, a la iglesia de St. Ethiene du Mont y de ahí a Notre Dame, caminando junto a la Sorbona y St. Severin.
Tras haber visitado Notre Dame, teníamos tres horas para visitar el Louvre, así que ahí nos dirigimos. Me confieso culpable: fue mi tercera visita a París, y apenas la primera vez que entro al Louvre. Ante amenazas de mi padre de que el museo es interminable, nos dirigimos directo a las obras indispensables: la Mona Lisa, la Venus de Milo y las reliquias egipcias. Para cuando terminamos de ver todo eso, estábamos exhaustos, así que nos dispusimos a salir. Pareciera que los letreros de salida son dinámicos, pues siguiéndolos terminamos recorriendo casi todas las salas que nos faltaban, incluidas las ruinas del castillo de Louvre que se encontraba donde ahora está el museo.
Por la noche fuimos a ver la casa de gobierno y al Centro Pompidou, donde comimos unas deliciosas crepas francesas. De ahí caminamos hacia el hotel, dando una vuelta por la iglesia de San Eustaquio, donde se encuentra el famosísimo Pied de Cuchon (chiste local).
El sábado fue menos pesado. Fuimos a Montmartre, donde visitamos primero la Basílica de Sacré Coeur; después nos fuimos a su famosísimo cementerio, donde vimos la tumba de Zolá (aunque sus restos ya no estén ahí), Foucault y muchas otras. Ya entrados en la zona, admiramos al Moulin Rouge, aunque no entramos. Luego tomamos el metro hacia la zona de edificios de oficinas conocido como La Défense, y su Gran Arco, donde había unas esculturas hechas de esferas reflejantes que producían una muy interesante vista de los edificios circundantes.
De ahí cruzamos la ciudad hasta la Bastilla, la Place de Vosges, donde nos sentamos a escuchar a un grupo de cuerdas y de nuevos al Centro Pompidou. Después nos dirigimos a la Sainte Chapelle, pues nos había faltado visitarla el día anterior. Su rosetón del Apocalipsis me encantó.
El domingo viajamos al Monte San Michel. Una descripción concisa del lugar sería: una abadía sobre una loma. El resto del lugar no puede ser llamado pueblo, es simplemente una calle con comercios y hoteles que lleva directo a la abadía. Aún así, las vistas que se tienen del mar desde la cima son hermosas. Subimos, paseamos, comimos, y nos dirigimos a San Malo, donde pasaríamos la noche.
Escogimos San Malo porque nos llamó la atención el nombre, prueba de que el nombre no marca el destino, pues si alguien llamado "Malo" pudo ser santo, cualquiera podría. En fin, nosotros pensamos que no íbamos a tener problema para obtener un lugar dónde dormir ahí, pero en el autobús vimos que mucha gente se dirigía al mismo destino que nosotros. Cuando llegamos, notamos la razón: una hermosa playa, junto a un ciudad amurallada antigua que no ha sido tocada por la modernidad, al menos no en su visión exterior. Llegamos a un hotelito a una cuadra de la catedral, en la sección intra-muros, y luego salimos a caminar. Vimos la fortaleza, los puestos de vigía, los faros, y la playa. La marea subió sorprendentemente rápido, cubriendo rocas que una hora antes habíamos tenido que escalar y separando partes de la muralla de la ciudad. Tras la puesta de sol, yo no pude evitar cenar unas ostras, típicas de la zona.
Como este texto ya se extendió demasiado, voy a dejar el final del viaje y el regreso para otra ocasión.
Por
Rafael Peñaloza
a las
7:46 p.m.
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