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domingo, marzo 07, 2010

Niña y pez

No acostumbro reposar en mis caminatas diarias, pero en esta ocasión no lo pude evitar. El sol brillaba - y quemaba - como no lo había hecho en meses y yo, felizmente habituado al gris perene, portaba gorro, bufanda y guantes que complementaban el resto de mi ropa invernal.
Sorprendentemente, no noté nada extraño durante la primera hora del paseo, pero tan pronto divisé el muelle sentí mi frente cubierta en sudor. Igual de súbita fue la sensación de asfixia que me provocaban tantas capas de ropa. Quitármelas no arregló el problema, simplemente lo transfirió a mi brazo que, tras pocos minutos, no pudo soportar más el peso.

Tantas veces había pasado por este muelle; cada vez que mis caprichos me llevaban hacia el este, pero nunca dediqué más que una breve mirada a sus viejas tablas. Ahora, mientras intentaba recobrar el aliento, un movimiento captó mi atención: un largo trozo de tela verde floreada ondeaba por acción del viento. Debajo de ella, el agua reflejaba el sol formando una enorme mancha rojiza. Curioso, di un paso más al frente. Fue en ese momento en que vi al pez. Una masa alargada saltó del agua. Incrustada en su abdomen, una fina mano de piel blanca.

jueves, junio 25, 2009

Capítulo Primero

Como prometí hace ya un tiempo, aquí les dejo el inicio de lo nuevo que estoy escribiendo. Es muy corto todavía, y ya me metí en un gran problema intentando cerrar todos los cabos que he puesto, pero la idea sigue siendo interesante.
Disfruten y comenten.


¡Puta!-los gritos resonaban a través de puertas y pasillos exagerados-¡Eres una puta!
El llanto provocaba feroces temblores en Vella, que no se atrevía a cambiar de posición. Permanecía recostada, con las rodillas en alto y las piernas bien abiertas. El sudor que cubría su cuerpo se mezclaba con promiscuas lágrimas heterogéneas; negros cabellos fluían hasta las sábanas manchadas de fluidos corporales.
Apretaba los labios. No quería gritar. No quería expresar dolor. Pero dolor era en lo que se había convertido su vida. Su noble orgullo era insultado repetidamente, su cuerpo ardía en el calor de los golpes con que era abatido. Su vagina se contraía lentamente a su tamaño original. La pierna izquierda acalambrada. Nada de esto la molestaba. Su mente fija en la escena que sus ojos casi grises captaban: ese gran hombre fuera de control, como nunca antes lo había visto ninguno. Y Vella seguía sin entender.
Al fin Vass detuvo sus azotes y guardó silencio por unos segundos. Lentamente alzó ambos brazos. Sobre el izquierdo sollozaba un neonato placentoso, mientras la mano diestra lucía una larga navaja curva, la hoja ennegrecida del uso.
Mira por última vez al animal que has engendrado, puta.
Las palabras del único hombre que estaba presente durante el parto seguían sin tener sentido.
¿Cómo puedes llamar animal a tu propio nieto? ¿No ves acaso que es puro?
¿Puro?-resopló Vass, dejando escapar una sonrisa sin rastros de falsedad-Mira y aprende.
La fina hoja cortó el ruido y los suaves cartílagos simuláneamente. Una espesa masa negra comenzó a fluir de la herida y Vass dio vuelta al cadáver para dar una mejor vista a su hija. Ahora la sangre formaba fétidos grumos que salpicaban las botas de Vass.
¿Esto te parece puro?
Con movimientos expertos, Vass desprendió la cabeza de su última víctima y la arrojó sobre la cama. Vella se enroscó en una esquina, tan lejos de ese cráneo como le fue posible, finalmente capaz de cerrar los ojos.
Puedes llevarle eso a tu príncipe, si quieres-fueron las últimas palabras que Vella escuchó.

sábado, marzo 08, 2008

Estercolero

Acabo de poner en línea mi nuevo cuento: Estercolero.
¡Vayan y disfruten! Les dejo un extracto:

Cada mañana, acompañado de las siete campanadas de la iglesia local, el estercolero salía de casa cargando una pala y un saco marrón. Sin apenas dar los buenos días a aquellos que llegaba a ver en su camino, se apresuraba a los grandes pastizales que rodeaban el pueblo, donde rumiaban felices las vacas destinadas a donar su carne a la ciudad más cercana, y uno que otro ovino salvado del matadero por el fin mayor de donar el pelaje a sus dueños.

viernes, febrero 01, 2008

Cerveza vieja

Piensen dos veces antes de tomar cerveza vieja. Si no saben por qué, lean mi último cuento, titulado igual que esta entrada: Cerveza vieja.

lunes, enero 28, 2008

¿Cómo te atreves?

Ella estaba sentada en una mesa del rincón de la cafetería, revisando cada detalle de la manicura por la que acababa de pagar.
Él se acercó, atragantándose en su propia vergüenza, e hizo el gesto de sentarse junto a ella. Sin dedicarle más de una breve mirada, ella lo detuvo.
- Está ocupado.
Él hizo una pausa, pero luego tomó el asiento. Ella ya ni siquiera lo miró.
- Te dije que está ocupado.
- No te preocupes, ya me voy. Sólo quiero preguntarte: ¿cómo te atreves?
- ¿Qué?
- ¿Cómo te atreves a ser tan bella... sabiendo que un día te vas a morir?

[Nota: esta historia me la contó hace muchos años Fernando Corona, quien también escribe algunos de los pocos poemas que me gustan. Si tienen oportunidad, compren alguno de sus poemarios, y verán a qué me refiero]

miércoles, diciembre 05, 2007

Metnal

Jugando con el otro sentido de escatológico - relativo a temas de ultratumba-, mi segundo relato escatológico, Metnal, ya está en línea para su placer.
Este es apto para todo tipo de personas, y se puede leer en cualquier momento.

domingo, abril 29, 2007

Libre

- Tal vez sea lo mejor, - dijo Maer conteniendo las lágrimas en sus hinchados ojos - no creo poder seguir viviendo con un ... con un ... - titubeó antes de explotar con furia - ¡con un asesino!
Einkerl suspiró. Habían pasado ya siete días desde el accidente, y durante ese tiempo, Maer aprovechaba cualquier oportunidad para culparlo y reprocharle los hechos.

Vivían juntos desde hacía casi cuatro años. Su convivencia no había sido nunca perfecta, pero sí fácilmente tolerable. Tenían sus buenos momentos, que los ayudaban a superar los baches; pero esta grieta parecía insalvable. Ese estúpido perro apareció de la nada frente a su auto, mientras viajaban sobre la autopista a alta velocidad. No había nada que Einkerl habría podido hacer para evitar la colisión, pero Maer era incapaz de comprenderlo; Einkerl había robado una vida - canina, es cierto, pero una vida al fin - y lo peor es que no parecía mostrar un remordimiento sincero.
- ¡Era sólo un viejo perro callejero! - había dicho él, cuando ella lloró tras el aullido agonizante del cuzco; y era tan sincero como siempre.

Einkerl no quería hablar más. Si todo había terminado, no tenía sentido quedarse. Sólo quería salir, irse lejos, muy lejos, al norte. El norte siempre es mejor. Tomó las llaves de su coche y salió, sin miradas atrás, sin más objetos personales; luego mandaría a alguien por ellos.
El auto viajó por calles cada vez más anchas y fluidas hasta llegar a la autopista. Siempre hacia el norte. Podía sentir, a cada revolución del motor, cómo se iba relajando, liberando, aunque se sentía aún prisionero de algo intangible. La velocidad y el viaje no serían suficientes para su espíritu.
De pronto, frente a él, cruzando rápidamente la autopista, un can blancuzco. Sin pensarlo, prácticamente como un reflejo, giró el volante. Las llantas, en su roce con el pavimento, provocaron un agudo ruido que nubló cualquier otro.
Einkerl sonrió, mientras veía por el retrovisor un cuerpo que todavía se movía, desangrándose lentamente y lleno de sufrimiento.
Ya no había dudas, estaba libre.